MI BOSQUE


Lo encontré un día en el que no buscaba nada. Mi retrospección me llevo a uno de esos momentos de depresión cuasi cómica que vivo intensamente al menos una vez al año. Y pensando donde me podía esconder para no contagiar a nadie miré en mi interior y dibuje un paradisiaco lugar lleno de verdes y ocres, de árboles y sendas, de luz y de alegría. Poco a poco fui dotándole de todo aquello que me producía cierta satisfacción. Cielos azules, o rojos,  nubes blancas, mariposas…verdes plantas y bellos parajes. Era un buen lugar. Tan pequeño como alcanzaba mi vista, tan grande como me permitía la imaginación. En ese lugar cabían todas aquellas cosas que me hacían sentir bien. Fue este un ejercicio que distrajo durante un tiempo  mi mente. Me aparto de la depresión mientras lo imaginaba y me di cuenta de que pensar en ello me aliviaba.

La segunda ocasión, fue como si fuera la primera vez que lo visitaba, como si nunca hubiera estado, allí. Quise que volviera tal y como lo había dejado la última vez. Pero no lograba verlo. Mi decepción fue tremenda, tanta, que cedió al malestar y a punto estuve de tirar la toalla y abandonar el pensamiento. Sin embargo, algo me mantuvo en aquel lugar desconocido hasta que vislumbre un reconocible sendero que terminaba junto al río que imagine la primera vez. Mirándolo durante un rato, logre evadirme y pasar sin demasiadas dificultades el tiempo necesario para olvidar mi depresión.  Fije en mi memoria el entorno que había creado junto al río y volví a la realidad. Una dosis de ella te aleja de ese imaginario lugar tan apartado de este mundo.

Una vez más necesité de esa evasión que supone apartar la mente de lo cotidiano. Y recurrí, como antaño a mi pequeño bosque. Estaba tal y como lo recordaba. En esta ocasión descubrí que todo lo que había creado continuaba en su lugar. Me afané en la labor de imaginar todo un entorno perfecto. Un mundo en el que todo me hacía sonreír. Pequeños animales, grandes encinas, y robles centenarios. Brisa suave descendiendo por entre las cascadas de agua cristalina… ¡Y esos olores!... ¡Esos olores que impregnan el alma para quedar siempre en el recuerdo!. Tomillo, romero, canela, jazmín, menta, amapola, rosa roja y rosa blanca, lluvia, tierra…¡Que olores!.Y a cada paso imaginaba nuevos senderos, nuevos destellos de vida. Cree un mundo tan perfecto que se notaba la vida en el. Tan vivo estaba, que cuanto más triste y deprimido me encontraba, más oscuro y lóbrego me recibía. Y era el, ese bosque animado quien me devolvía poco a poco la alegría. Sus cantos, siseos y rumores, sus olores, sus caminos y veredas, devolvían paso a paso la cordura a mi depresión.

Es en ese bosque donde consigo evadirme de una monótona realidad que parece más gris y anodina cada primavera. Es en ese pequeño gran mundo donde encuentro la soledad necesaria para no volverme loco. Pero con el tiempo necesité cierta compañía, e imagine un búho. Su sabiduría enriquecía cada paso por aquel lugar, e imagine un lobo con el que hablar, su astucia me enseñaba. Y un ciervo. Ese era el poeta. Sus bellos movimientos me cautivaban y me enseñó la belleza de un silencio. Cada  uno de aquellos pequeños, y no tan pequeños seres, me enseñaba algo. Con ellos aprendí a tener paciencia, a mirar a mi alrededor, a levantar la cabeza cuando algo me preocupaba. Ellos han sido mi escuela final, mis tutores, mis afectos.

Animales misteriosos, duendes poderosos, elfos, magos y estudiosos, formaron con el tiempo un lugar para perderse.  Y hoy, un año más, encanecido por los disgustos, vuelvo a mi lugar, a ese espacio de nada en el que nada me puede dañar. A ese bosque que he aprendido a amar desde que me recogió. A esa soledad buscada. Al

vacío, a mi luz. Vuelvo a mi hogar.

L.P. Mi Refugio,  2005