El Nacimiento de una pasión

Me encantaba salir los fines de semana con el coche. Llevaba conmigo más de 4 años y tenía todo lo necesario para disfrutar de los paisajes que te ofrecía la Comunidad de Madrid. Un buen equipo de música, motor diesel de bajo consumo, buenos amortiguadores y ruedas nuevas cada 60.000 km. Había trabajado muy duro para comprarlo, y no quería que se estropease por falta de revisiones. Tanto me gustaba que desde que lo tuve, no paraba de salir a la carretera en cuanto tenía unos días. La sierra de Madrid fue lo primero que conocí. Desde la salida por el Escorial hasta Navacerrada, parando en cada pueblo de la zona, para conocer su gastronomía, que me gusta comer una barbaridad, y sus historias. Todos los pueblos tienen algo que contar. Mirando sus viejos edificios, hablando con sus habitantes. Era un pasatiempo del que poco a poco fui enamorándome hasta que lo convertí en una válvula de escape en mi monótona vida. Cargaba el coche con unas mantas, el saco, la linterna y provisto de víveres suficientes, buscaba una carretera alejada del tráfico intenso para perderme por sus pueblos.

Recuerdo que era sábado por la mañana. Acababa de dejar  la Ermita de la Cuatro Calzadas, en Collado de Contreras y me dirigía hacia Fontiveros. La carretera no era muy buena, pero tenía un paisaje digno de fotografiar. Mi intención era llegar a Peñaranda de Bracamonte donde pensaba pasar la noche. Nada me aviso de lo que iba a ocurrir. Al salir de  una curva no demasiado cerrada estuve a punto de pasar por encima de una moto que se encontraba tirada en el asfalto. Unos metros más allá, inmóvil, pude distinguir la figura del piloto. Retrocedí unos metros y coloque el triángulo de emergencia mientras llamaba al 112. Me acerque al caído. Apenas se notaba el pulso. Su cabeza estaba torcida, con los ojos abiertos y llenos de lágrimas. Miraba directamente al lugar donde se encontraba su montura. Quise animarle, pero el parecía estar ya en otro mundo. Apenas 15 minutos después llegaba la ambulancia y cuando estaban apunto de llevárselo me agarró la mano con fuerza y mirándome a los ojos me dijo algo que no entendí. “No dejes que la maten, hazla rodar de nuevo”. Lo dijo una y otra vez, “No dejes que la maten, hazla rodar de nuevo”.

Le vi alejarse mientras yo declaraba ante la Guardia Civil. Las luces de la ambulancia desaparecieron tras una lejana curva, pero en mi cabeza resonaban sus últimas palabras.

-¿Que moto es?- pregunte a los agentes.

-Una Burgman 650

Tuvieron que explicarme que era una Scooter  de gran cilindrada. También me dijeron que su dueño era un tipo de Madrid y que tratarían de encontrar a su familia.

Mientras llegaba la grúa que habría de llevarse los restos de la moto, me acerque a ella para examinarla de cerca. El accidente tenía que haber sido muy aparatoso, porque la moto estaba terriblemente abollada por ambos lados. Los grandes espejos retrovisores colgaban de un cable y el manillar había quedado deformado. La rueda delantera estaba destrozada, y el tubo de escape lo encontré tres o cuatro metros más adelante. Un reflejo me llamó la atención. Me acerque más y logré distinguir el número 650, destacando poderosamente en el negro de la chapa. Era como si ese pequeño espacio no hubiera sido rozado por el asfalto en ningún momento. Como si con el reflejo del sol hubiera querido llamarme. Me quedé junto a ella hasta que llegó una grúa para llevársela. “No dejes que la maten, hazla rodar de nuevo”.

-Perdone,- pregunte sin pensarlo,- ¿que van a hacer con la moto?

-Se quedará en deposito hasta que su familia decida que hacer con ella.

“No dejes que la maten, hazla rodar de nuevo”. No se me iba de la cabeza esa frase. Y un enorme malestar me invadió al ver como desaparecía de mi vista. Tenía la sensación de estar haciendo algo mal. Pero no llegaba a comprender que podía ser. Era evidente que yo no me podía quedar con la moto. No era mía. Y además, ¿que sabía yo de esos trastos?. Mientras volvía al coche recordaba los ojos del piloto mirando los restos de su moto. Nunca había visto nada igual. Ese fin de semana se acabó en aquella curva. Volvía a mi casa demasiado rápido. No quería estar en la carretera, y esa sensación no me gustaba nada.

Tres semanas más tarde, casi había olvidado el incidente. Estaba rodeado por la agobiante rutina de un trabajo nada apetecible y el siempre caótico tráfico de la gran ciudad. Eran las tres de la tarde y me encontraba en el Madrid Rock de la calle Gran Vía. Sabía que iban a cerrar y quería despedirme de quienes me habían aconsejado durante años. Al salir la vi. Negra, brillante, y enorme. Ese número me hizo revivir de nuevo el accidente. Y la frase de aquel tipo que llorando miraba su moto. “No dejes que la maten, hazla rodar de nuevo”. Y de pronto, sobresaltándome, sonó la melodía de Benny Hill que hacía las veces de timbre en mi teléfono portátil.

-Luís, ¿es usted la persona que aviso del accidente de un motorista hace tres semanas?

-Si, ¿quien es usted?

-Me llamo Celia, soy la mujer del motorista. He sabido su teléfono por la Guardia Civil. Siento molestarle, pero me gustaría hablar con usted.

-Claro, ¿cómo está su marido?

-........Murió esa misma tarde...

-¡Joder!,...  lo siento mucho...

-Me gustaría verle. Usted fue la última persona que pudo hablar con el. Se que parece raro, pero no puedo dormir...y ...bueno, tal vez,... creo que dijo algo de la moto.

-Si, es curioso, pero acabo de recordarlo al ver una moto igual que la de su marido.

-¿Cree que podríamos vernos esta tarde?

-Claro, no me apetece volver al trabajo. Estoy en la Gran Vía. Si le apetece la invito a un café.

-Si esta cerca de Callao podemos ir al Coffee & Te.

-Me vale. ¿Cuanto tarda?.

-Déme media hora. Y ...gracias... Por cierto, ¿como le conoceré?

-Busque un tipo bajito, con cara de mala leche y barba de tres días

Colgué un poco tocado por la noticia. No pensaba que me iba a afectar tanto. Hice tiempo por la FNAC y cuando se acercaba la hora me senté en una mesa alejada de la calle. No podía imaginar que le pasaba por la cabeza a esa mujer. Perder a un ser querido de esa forma tiene que ser difícil de asimilar.

Estaba tan ensimismado que no me di cuenta de que alguien me miraba intensamente. Ladeé la cabeza y la sonreí. Desde luego no era como la había imaginado.

- ¿Luis?

-Si

-¿Puedo sentarme?

-Por favor...

Hubo un silencio incomodo.

- Supongo que le habrá extrañado esta llamada. ... Lo cierto es que empece a pensar en usted después de leer los diarios de viajes de mi marido. Él escribía lo que había vivido en cada viaje. Desde las salidas en Domingo, hasta las concentraciones de más de un día. Le encantaba ese mundo. ¿Es usted aficionado a las motos?

- No. Tuve una de joven pero no me gustaba pasar frío. Soy de los que se cabrean cuando uno de esos trastos hace el animal por entre los coches. Discúlpeme la franqueza, pero no entiendo a los motoristas.

- Yo al principio tampoco. Cuando me case con Eduardo eso era lo único que no comprendía. Pero era más que un pasatiempo. Era su vida. Decía que sin esas salidas con los amigos, sin la libertad que le daba la moto, no podría aguantar. Me decía que su única pena era que yo no la compartiera con él. Y era muy persistente. Ya había conseguido que montara alguna vez... pero no en ese día...

-Tuvo suerte...

-¿Usted cree?

Me miro sonriendo. Y yo seguía sin entender. Parecía menos afectada de lo que yo había imaginado. Pareció leerme el pensamiento.

- Mejor morir por una pasión que por un cáncer.  Esas eran siempre sus palabras cuando aludíamos al tema. Él era así.  Y lo cierto es que esa fue su felicidad. Me encantaba oírle cuando hablaba de sus compañeros, de sus viajes, de las motos de los demás... Era feliz. Conocía el riesgo, pero no podía evitar sentirse vivo cuando salía a rodar.

Durante varias horas me estuvo contando las aventuras de su marido y de sus amigos. La escuchaba hablar y pensaba que en esos momentos era cuando más cerca estaba de él. Me contó que no sabía que hacer con la moto. La tenía en el taller pero, no sabía que hacer con ella.

-Creo que su marido si lo sabía. Mientras esperaba a la ambulancia me dijo algo que creo que iba dirigido a usted. Era algo así como “No la dejes morir, hazla rodar de nuevo”. Lo repetía constantemente mientras miraba la moto tendida en el suelo.

- ¿Quiere decir que a pesar de saber que estaba muriéndose pensaba en la moto?

-No sé si sabía como estaba, pero que le dejó un mensaje esta claro.

- El lo sabía, era médico... Pero a lo mejor el mensaje no era para mí. Usted estaba a su lado.

-Ya, pero yo no le conocía. Además, ¿qué sé yo de motos?

-De Scooters,  era una Mega Scooter.

Lo que ocurrió después tuvo más que ver con mi curiosidad que con las ganas de tener una moto. Me dijo que habría un funeral al que acudirían todos sus amigos. Me pidió que la acompañara, dijo que necesitaba un brazo en el que apoyarse, y yo no pude negarme. No se porque, pero sentía la necesidad de despedirme de aquel tipo, al que ni siquiera había visto la cara. Nos separamos después de más de cuatro horas. Una locura. Me quedé sentado en aquella mesa intentando averiguar que es lo que me atraía de aquel amasijo de hierros y chapa.  Frente a la puerta del café paro una Scooter, una Burgman 650 plateada.  Me levante y fui hacia su  propietario quien se estaba quitando el casco en ese momento. – Estáis como cabras,- le dije. Y me miro sin comprender. Me aleje de allí y camine durante un rato fijándome  por primera vez en la cantidad de Scooters que circulaban por Madrid.

La Iglesia estaba llena. Más de 150 personas se agolpaban en la pequeña capilla del pueblo. Todos vestidos con chaquetas de moto, algunos incluso con los pantalones, muchos monos de cuero, y todos en silencio. Un silencio que desgarraba el alma. Un silencio respetuoso que duro todo el funeral. Al salir a la plaza se veían las motos formando un semicírculo. Scooters en primer lugar, pero por detrás, dejando patente su presencia por la variedad de colores, motos de todo tipo. Grandes y pequeñas mostraban su respeto al fallecido. De pronto, a una señal los motores rugieron. Un ruido infernal que de manera uniforme fue desapareciendo hasta quedar tan solo el ronroneo de una solitaria Burgman 650. Todos en silencio. Callo la moto y en la plaza no se oía ni el vuelo de una mosca. En medio del silencio, se escuchó una voz firme, alegre y clara que decía; “Espéranos Eduardo, a esa concentración iremos todos tarde o temprano”. Arrancaron, y en fila, desaparecieron por la calle Real. Nosotros nos quedamos allí. Mientras las veíamos desaparecer,  por primera vez, desde que la vi en aquel café de Callao, rompió a  llorar.

-Quédate con ella Luis. Tiene que rodar de nuevo

Y no se porque, conteste que si. Al día siguiente me acerqué al taller para preguntar por aquella moto negra. La tenían apartada en un garaje, con la mayoría de las piezas en cajas de cartón. Me interesó saber si tenía arreglo, si quedaría bien una vez terminada y si costaría mucho dinero verla de nuevo en la calle. La respuesta me hizo gritar.

-Pues ala,- dije – al chatarrero con ella.

“No dejes que muera, hazla rodar de nuevo”. Puñetero Eduardo, se había metido en mi cabeza y no había forma de apartarlo de mí.  Después de negociar con el dueño del taller durante un rato, quedamos en que el mismo iba a trabajar en la moto, cuando tuviera un minuto. Por contra yo no pondría plazo de entrega y podía ir pagándola poco a poco. Me fui moviendo la cabeza y con la idea de venderla al mejor postor.

Una semana más tarde me pasé por el taller. Era casi la hora de cerrar y tan solo estaba el dueño. El era quien se encargaba de la Mega al terminar la jornada laboral. Cada día un pequeño arreglo. Aquel día, estaba enderezando la horquilla delantera. Me dijo que si quería ayudarle y me gustó la idea de trabajar con las manos. Entre risas, maldiciones y cervezas, se nos pasó el tiempo. Fernando era uno de esos tipos amantes del motor en todas sus vertientes. Pero sentía debilidad por las Scooter. Manejaba una desde hacía tiempo ya que a sus cincuenta y cinco años no le apetecía romperse la espalda con un pepino. Día tras día se fue forjando una amistad mientras recuperábamos el cuerpo, y es espíritu de la B650. Por fin, seis meses después, la moto estaba lista para recibir las nuevas piezas exteriores. Las habíamos pintado de negro, tal y como estaban en la original. Tan solo un pequeño detalle la diferenciaba de aquella que fue en su momento. Tras el cromado metalizado de las letras y el número habíamos pintado en rojo la palabra “Phoenix”. Había renacido la Burgman de Eduardo. Ya estaba preparada para rodar de nuevo.

El sol se reflejaba en el negro brillante, mientras los cromados mostraban claramente el tiempo que se les había dedicado.

-¿Sabes montar en moto?

- Creo que me acordaré

-Este fin de semana  la sacaremos.

Estuve pensando en ello a cada momento y me gustaba la idea de pasear en algo que yo había ayudado a reconstruir. Me hacía feliz la idea de salir con la Mega por esas carreteras que había abandonado desde que encontré a Eduardo tirado en la calzada. Sonreí. Un compañero me vio y corrió la voz. Desde ese momento tuve que soportar sus ironías, pero no solo no me importaba si no que las seguía para el asombro y contento de todos ellos. Les conté toda la historia. Tenía la necesidad de compartirla.

Y llegó el domingo. A las 9,30 estaba en el taller de Fernando. Las dos Burgaman esperaban majestuosas frente a la puerta. Una plateada, la otra negra, ambas brillantes e impacientes. Fernando las miraba con orgullo. Había mucho mimo en cada una. Sobre todo en la “Phoenix”. Todo lo que había aprendido a lo largo de muchos años de trabajo lo había volcado en la reparación de esa preciosidad. Me miró, y sin decir una palabra me entregó las llaves.  Al ponerla en el contacto, sentí algo que no puedo explicar, pero tenía la piel de gallina. Arrancó a la primera. La dejé rugir mientras calentaba sus tripas e imitando a mi nuevo compañero me puse el casco, los guantes y cerré la cazadora. Monté por primera vez y sonreí. Al acelerar me di cuenta de que esa moto estaba hecha para mí. Mientras salíamos de Madrid rodando con cuidado, miraba orgulloso la envidia del resto de los conductores que nos veían alejarnos. A no más de 100 km por hora, teníamos que despertarla, llegamos a Aranjuez. Fernando me miró fijamente y dijo:

-¡Está viva de nuevo!. Ya tienes moto y te garantizo que vas a sacarle un buen dinero si la quieres vender.

Una sensación de angustia se me clavo en el alma. ¡Tenía que venderla!. Esa fue la idea desde el principio. Pero tras nuestra primera salida algo cambió. No dije nada y Fernando corrió la voz de que tenía una Burgman a la venta, pero ninguno de los posibles compradores acababa de decidirse. Mientras, cada día iba a trabajar en la  “Phoenix” y me acostumbraba más y más a su manejo. Eramos uno por esas carreteras. Cada fin de semana salía con ella, llevando a alguna de mis compañeras. Fernando me miraba y sonreía. Un día, estando en el taller buscando la manera de colocar un MP3 en el cofre, me dejo caer la posibilidad de apuntarnos a una concentración. Se viajaba a Cantabria para reunir a más de 200 Megas en la localidad de Comillas. El ya la conocía y repetía cada año. Si no se vendía la moto, podría ser la oportunidad de mostrarla a mucha gente. El resultado de su renacer no podía ser más espectacular y seguro que le saldrían muchos novios. Me pareció una buena forma de pasar un fin de semana y acepte sin demasiados rodeos. La preparación resulto tan divertida como emocionante. Sería la primera vez que viajaba tantos kilómetros sin mi viejo cuatro ruedas.

El segundo fin de semana de Mayo, un viernes por la mañana nos reuníamos con el resto de los viajeros. Un grupo singular en el que había todo tipo de personas. Conocerlos fue acercarme a un mundo distinto. Todos tenían la misma pasión por la Scooter. Les contamos el porque de llamarla “Phoenix” y quienes estuvieron en el funeral de Eduardo comentaban lo feliz que estaría al ver de nuevo a su Mega rodando en manada. De pronto, entre tantas motos y tanta gente, me pareció ver una figura conocida. Celia, ataviada con una chaqueta negra de cordura y los pertinentes pantalones de viaje, caminaba hacia mí sonriendo.

-Quería verla en su renacer. Perdona, pero Fernando me ha mantenido informada durante todo este tiempo. Juntos preparamos esta pequeña encerrona. Por eso estoy aquí...¡Voy a viajar contigo!... ¡Si no te importa claro...!

-¡Ahora entiendo porque insististe tanto en montar la maleta!. ¡Serás liante!...

Pero hoy nada me molesta, además ¿quien mejor que tu para inaugurar la “Phoenix” en su bautismo de concentración. En parte eres la culpable de que yo este aquí. Tu y Eduardo, que seguro que esta sonriendo el muy cabrón.

Entre bromas, empujones y lágrimas, nos pusimos en marcha. La “Phoenix” estaba muy alegre. Ronroneaba como un gatito y brillando como nunca, cubrió la distancia que separa Madrid de Comillas sin quejarse ni una sola vez. Celia disfrutaba como una niña. – “Ahora le entiendo” – decía, y mientras le recordábamos, pasamos uno de los mejores fines de semana de nuestra vida. En Comillas, los organizadores, montaron en la playa un homenaje a Eduardo y a todos los fallecidos en las carreteras. Se les recordó con cariño, bromeando, contando sus anécdotas más divertidas. Frente al fuego y junto a toda aquella buena gente tome una decisión.

-Fernando, no quiero vender la moto. No podría abandonar este mundo. Ahora no. De modo que si alguien más te llama preguntando por ella le dices que ya no se vende.

-No creo que llame nadie. Hace tiempo que no corro la voz. De hecho a los primeros ya les desanime con un precio abusivo

-¿Tu sabías que me iba a quedar con ella?

-Y no solo yo. Ambos lo imaginábamos.

A mi espalda apareció Celia sonriendo. Les abracé y brindamos con unas verdes por una nueva vida. 

El resto del viaje resulto inmejorable. Tanto que la vuelta a casa supuso un palo muy curioso. Pero desde el lunes, comencé a pensar en la siguiente. Y lo mejor, es que ahora contaba con muchos amigos para disfrutar de los preparativos.

 

Luís Portal Teijeiro
Febrero 2005