EL NACIMIENTO DE UN FALSO MOTARD*



S.M. el motor de dos tiempos hace estragos entre los jóvenes de todo el mundo. ¿Qué niño de 14 años no sueña con 2 ruedas empujadas por un motor?


En zonas desarrolladas como en la que vivimos los jóvenes alocados tienen muchas posibilidades de conseguir su moto a temprana edad.


El futuro poseedor de un ciclomotor comienza a ir al instituto. Entre los múltiples cambios a los que se va a enfrentar está el de su nueva relación con gente mayor. Más tarde descubre las ventajas de poseer una pequeña moto y el niño que antes iba y venía andando, en autobús o a lo sumo en bicicleta ya no puede vivir sin su moto. Las distancias son demasiado largas, el autobús incómodo y la bicicleta cansada. En otras palabras, los progenitores de nuestro protagonista reciben una lluvia de súplicas, ruegos y preguntas acerca de la dichosa moto que solo saben aplacar con condicionales tales como si sacas buenas notas hablaremos, etc.


El curso continúa y nuestro personajillo pone todos sus esfuerzos en sacar las mayores calificaciones posibles. Sus conversaciones con los amigotes han dado un giro de 180 grados. Antes hablaba de fútbol, baloncesto, de la hermosa profesora de historia o del odiado profesor de matemáticas. Ahora sus más fieles amigos tienen que aguantar la diaria visita a las apiladas motos frente a la puerta del instituto acompañado cómo no de comentarios de las ventajas entre ésta y aquella otra moto.


Por fín llega el final de curso, siendo sus notas unas de las más altas de todo su grupo. El largo y cálido verano comienza y el niño comienza a sospechar que lo de la moto no iba en serio. Una vez que le han dado las vacaciones a su padre se van al apartamento alquilado en la sierra.


El niño está deseperado, no tiene amigos, está aburrido, está solo: está sin su moto. Todos los días ve pasar enormes pandillas motorizadas que van para arriba y para abajo.


Una mañana se despertó al oir el portazo que dió su padre al llegar de comprar el pan. Al subir la persiana se encontró con un fascinante ciclomotor de color rojo brillante. Nuestro personaje acaba de ver el fruto de todo un año de trabajo. Sus ojos, abiertos como platos, recorren la moto una y otra vez. No puede dar crédito a sus ojos, aún no cree que es suya cuando aparece su padre y le dice, -toma las llaves, es tuya, cuídala, es un auténtico vehículo.


Inmediatamente salta encima de su padre lanzando una lluvia de besos, caricias, abrazos y promesas tales como: "siempre estará nueva", "siempre estará limpia", y tantas otras cosas que se piensan cuando se tiene un vehículo nuevo.


Tras escuchar atentamente las sugerencias, consejos y, cómo no, prohibiciones de su padre respecto a la moto, nuestro protagonista, sale velozmente hacia la moto. Toda la familia sale tras él. Su padre, cómo no, arranca la moto y da una vuelta a su hijo que es incapaz de mantener la alegria en su aún joven cuerpo.


La moto se quedó sóla en el garage viendo cómo se dispersaba el humo producida por la ágil 75 c.c. en su rápida aceleración. El ciclomotor empezó a recordar su juventud, cuándo fué feliz y cómo llegó a estar sola.


Eran ya tres semanas las que llevaba con su dueño y estaba completamente satisfecha, no se podía quejar. Se enteró en el almacén por las viejas monocilíndricas de 500 c.c. que los jovenes eran peligrosos, sobre todo si llegabas como primera moto, ya que además de no aceptarte tal como eres e intentar todas las modificaciones posibles, no tienen el menor sentido de la responsabilidad.


Estuvo tres meses y dos días rezando para que ningún cachorro humano se le acercara. El día en que vió el sol por primera vez no podía ser más feliz. Un hombre de unos 40 años que según calculó pesaría unos 80 kgs la condujo a una velocidad media de 40 km/h hasta una colonia de apartamentos en la ladera de una montaña.


No cabia en su gozo. Estaba brillante, limpia por dentro y por fuera ya que muy discretamente Carlos, un empleado del almacen, había pasado un trapo sobre su suave chasis con el fin de quitar el polvo almacenado durante 5 meses y tener un aspecto presentable ante su nuevo "amo".


En la cima de una fuerte cuesta en la cual se las vió negras para subir los 80 kgs de su conductor pararon. El hombre de los 40 años bajó de su lomo, colocó su fuerte caballete capaz de aguantar 5 veces su peso y salió disparado hacia una casa que manenia la puerta abierta. Una vez dentro la cerró enérgicamente.


Mientras descansaba del largo pero alegre trayecto sintió como si cien ojos la atravesaran. Se sentía importante. En el almacen apenas llamaba la atención una pequeña motocicleta de 48,8 c.c. entre tanta moto gorda (como ella las llamaba), pero aquí, aquí sí podía presumir. Aquí no se veían ninguna 348 Trail, ni ninguna 350 Rommel que desviaban hacia ellas la vista de cualqueir posible comprado que entraba. Sí, aquí estaba a gusto.


Al rato, la puerta que tan estrepitosamente se había cerrado se abrió y un joven de unos 15 años se le acercó rápidamente.


Éste comenzó a observarla lanzando al aire gritos de alegría, saltándo, tocándola. Al principio estuvo un poco a la defensiva y temía por su brillante espejo retrovisor, pues pensaba que en una de las trayectorias que describían sus brazos podría ser golpeado por éstos rompiéndose la delgada varilla que lo sujetaba por el chasis. Sin embargo, ésto no sucedió. El muchacho se tranquilizó en cuanto llegó su padre. El padre la bajó delicadamente de su fuerte caballete de tal manera que su hijo pudiera ver la rídicula técnica que empleaba. La volvió a subir en el caballete e hizo que su hijo repitiera la misma operación, naturalmente no con la misma suavidad que su padre, pero no le faltó esmero al chaval.


Los días que continuaron fueron muy felices para la moto. Empezó a conocer a su "amo", el cual dejó de ser tal para ella pues lo consideraba un amigo con el que hablaba, galopaba por las vacías carreteras y por su puesto, él se encargaba de mantenerla brillante, limpia de tal manera que siempre podía presumir.


El verano acabó y tuvo que desplazarse a la tierra donde su familia pasaba el invierno. La verdad es que el trayecto fué muy incomodo pues viajó tumbada en un coche durante más de tres horas, pero a ella eso no le importaba, ya que haría cualquier cosa por estar cerca de su amo.


La primera vez que salió a las calles de esta nueva tierra llamada Pozuelo quedó asombrada. Nunca había visto tantos cuatro ruedas juntos, era angustioso. Los tranquilos paseos se habían convertido en un sprint continuo para alcanzar y adelantar tal o cual coche. Ella no podía comprender como su amo que tanto le habia querido podía exigirla tanto. No sabía por qué aquel niño que antes pesaba 50 kgs y que ahora pesaba ya los 70 había ganado tanta brutalidad.


La estaba asesinando.


Un día contó los kms que hacía al día y llegó a los 50. 50 kms adelantando, frentando, parando, volviendo a salir, adelantar por cualquier sitio y de cualquier forma. Su amo o no sabía lo que hacía o lo que quería era asesinarse y asesinarla por supuesto.


Una noche mientras descansaba en su sitio favorito del garage le entró nostalgia de sus tiempos pasados, de cuando su "amigo" le hablaba y la dejaba limpia, brillante, para que pudiera presumir. Ahora acababa todos los días rendida, sin reservas energéticas, pensando siempre que al día siguiente su amo la volvería a cargar de energías y otra vez con la carrera de todos los días. Sus únicas conversaciones eran acerca de sustituirla o reemplazarla. Ella sabía lo que esto significaba, sería su fin.


El elegante ciclomotor sufrió una serie de modificaciones tales como la pérdida de sus anchos y confortables pedales o la sustitución de su silencioso tubo de escape por otro que a su marcha le daba un sonido de pedorreta.


Una tarde su "amo" se entretuvo en quitarle el caballete, sin comprender ella el por qué le despojaban de uno de sus mayoires tesoros, pues ahora en cada estacionamiento tendría que quedar apoyada sobre el manillar en alguna pared raspándose el puño con el cual se apoyaba lo cual le proporcionaba un gran dolor.


La verdad es que en un año la moto había ganado un aspecto más agresivo, con menos adornitos inútiles y con un deterioro notable. Su amo era implacable, cargaba ahora con él y sus amigos, con un peso medio aproximado de 130 kg a todo regimen esquivando coches, autobuses, camiones, etc, sin recibir más que insultos o desprecios de su amo como recompensa de la tarea que realizaba y que según ella no era la que le pertenecía sino que era la propia de una más grande.


Sin embargo, no quería sus sustitución, no quería que la cambiasen por una moto más grande, quería estar junto a su amo el resto de su vida. Lo aguantaría todo. Sería tan solo una mala etapa. No quería pudrirse en un frio y humedo garaje, quería cabalgar, acompañar a su amo, intentar ayudarle, compartir sus experiencias.


Cierto día su amo preparó mal su "alimento". Seguramente fue por despreocupación y olvido. El desdichado ciclomotor pensó que este fallo sería debido a algún problema que tendría su dueño, algo lejos de su alcance y comprensión y decidió no protestar.


Solo aguantaría, tenía que ser eficiente y no podría permtir el fallarle. Su amó salió del garaje como siempre, y toda su marcha fué la cotidiana. Sin embargo, en una cuesta abajo muy fuerte su amo no metió punto muerto como solía hacer sino que forzó la máquina al máximo. En cuarta y a tope de revoluciones la moto se deslizaba sobre el asfalto más rápido que nunca.


Estaba asustada. Había llegado a un punto en el que todo parecía que iba a explotar y por en su interior se debatía sobre la emoción que sentía por la velocidad y el miedo a lo desconocido... El miedo al silencio tras el ruido.


La alta temperatura alcanzada por la falta de lubricación en el motor dilató el pistón de tal manera que quedó pegado a las camisas del clindro bloqueándose inmediatamente la rueda trasera obligando a su amo a controlar un terrible derrape y llevarla empujando a casa recibiendo la mayor lluvia de insultos y humillaciones posibles.


La dejó en su sitio favorito y no volvió a verle. No sabía lo que podía pasar. Nunca había estado tan enferma y se temía que esto podría significar su sustitución. Quiso desechar la idea.


Llegó el verano. el cual pasó sola en el garage, viendo como el polvo la empezaba a cubrir como aquella vez hacía tanto tiempo en el viejo almacen dónde esperaba un amo. Solo que esta vez nadie la compraría.


Por fin llegaron sus amos.


Empezaron a descargar el coche y se sorprendió cuando creyó distinguir una enorme rueda en el maletero del coche, en el mismo sitio donde ella había viajado hacia un año.


Tras descargarlo alguien la movió y colocaron en su sitio la 75.


El Miercoles fue el primer día que su amo sacó de casa la nueva moto. Le vió salir del garage con un ruido estrepitoso que hacían notar su notable potencia y velocidad.


La moto se quedó sola en el garage viendo dispersarse el humo producido por la ágil 75. Una gota de aceite cayó del cárter manchando el suelo. Comenzaba a llorar. No lo sabía pero en realidad lo hacía no por ella sino por su amo que ya no llevaba entre las piernas el tranquilo motor que posiblemente en más de una ocasión le salvó la vida.




- A mi buen amigo Victor que hoy estará muy lejos de aquí








Portada de la revista




* Este relato fue publicado en el año 1988 en una revista de la que apenas recuerdo nada.


Eran otros tiempos. Internet solo existía en la mente de unos pocos y en mi instituto alguien soñó con la posibilidad de dar a conocer nuestras inquietudes por medio de un puñado de hojas y artículos entre los que se encontraba este escrito. Tenía entonces 16 años y tras haber realizado varios ascensos de cilindrada... veía como muchas máquinas a mi alrededor sufrian...


Eran tiempos en los que la palabra "motero" aún no existía y en todos los "pocos medios especializados", que no pasaban de tres revistas periódicas en los kioscos y que nunca estaban siempre a mi alcance, el término utilizado para dibujar a los que padecemos esta extraña enfermedad era el de Motard, palabra sacada de los viajeros que con muchos más medios que los que teníamos entonces cruzaban los Pirineos y recorrian España haciendonos soñar aún más...





El logo de la marca de referencia... en el principio






Montesa 348 Trail... uno de los "aigas" de entonces







Puch Cobra TT... rios de tinta en una época en la que a diferencia de hoy pocos navegabamos aquellas aguas...





Yamaha DT80. Han llegado los japoneses. El principio del cambio.



Honda contraataca como casi siempre... con lo mejor.







Vespa sacó en España la TX200... la evolución de la italiana T5 y que pronto se convirtió en sueño.