Una aventura en el mes de Mayo
Mayo 2001


Uno de los relatos más largos que hemos publicado hasta ahora en Internet.

 

Pero es que la ocasión la merecía.

 

Nunca me habia sentido en moto tan incapaz de llegar a mi destino. Y es que a pesar de que hacia mucho mucho frio el equipo que llevabamos no estaba preparado siquiera para la lluvia y si para calidos y soleados dias primaverales.

 

Aún recuerdo las patitas del infeliz animal que nos comimos al más puro estilo medieval :-)

Me atrevo a hacer todo lo que es propio de un hombre: quien se atreve a más no lo es. 

(William Shakespeare. Macbeth) 




Sin duda el día había sido completo. Prácticamente no habíamos dejado ninguna actividad sin realizar. Había amanecido lloviendo. Los partes meteorológicos ya anunciaban un descenso generalizado de las temperaturas  con muchas muchas probabilidades de lluvia.

 

A las 7.30 esta se dejaba oír orgullosa a través del techo de la cabina del Hamlet. Cristina dormía tranquilamente mientras yo me asombraba al ver que la estación metereológica pretendía hacerme creer  que saldría el sol.


-Vaya -pensé- de nuevo en la encrucijada del tiempo. No había otro año para comprarse una moto.

 

En efecto, Altaïr esperaba ansiosa, allá fuera, en el aparcamiento, bajo una lluvia constante, recibiendo cada gota de agua. La habíamos traído con la confianza de que algún día saldríamos a hacernos unos kms. con ella. Un poco de turismo por la zona, nada más. Sin embargo el frío seco que había acompañado nuestros días de descanso no nos habían animado lo mas mínimo, y estuvimos la mayor parte del tiempo encerrados en la caliente y confortable cabina del Hamlet. La mañana avanzaba y decidí encerrarme en la lectura. El incesante chocar de la lluvia contra el Hamlet no cesaba.


- Me temo que no hay salida del MCM. La estación continuaba emperrada en que iba a salir el sol. El cielo estaba gris, muy gris. Apenas había viento.


- Me temo que estas nubes no se van. Preparé café. La temperatura exterior era muy baja


- Pues con este frió debería de dejar de llover. Pero no. Continué leyendo mientras bebía el café con leche caliente. Las 9. Todo continuaba igual. Descubrí una brechita en una ventana por donde entraba una continua gota de agua a la cabina.


 - Todo son problemas. Decidí volver a la litera a acompañar a Cristina con su reponedor sueño. Sonó el teléfono. Mientras despertaba mentalmente trataba de humedecer mi garganta. Estaba inusualmente seca. Me carraspeaba la voz.


- Si -contesté-


- Hola, soy José Luis. Oye que salimos ahora. ¿Dónde quedamos?


- ¿Cómo?, pero si está diluviando. ¿Estáis locos?


- Bueno ... ya .... pero como que nos da igual. Venga, haber ¿dónde quedamos?


- Pues, pues... pues no se (estaba dormido, Cristina también). Pensábamos que ya no habría salida.- Que no, que no. Es una broma. HA SIDO ANULADA LA SALIDA.


- Vaya. Si eso era lo que pensé. Pero sabes el barco sigue diciendo que va a hacer sol.- Yo creo lo mismo, pero ya sabes.


- Bueno pues nada. Es una pena


- Que le vamos a hacer


- Pues seguiré durmiendo


- Yo, si te digo la verdad, casi me animo en coche


- Pues seguiré durmiendo. Venga saludos


- Bueno, pues hasta luego. Cuidaros


- Adiós. Cristina se había despertado con el ruido de la conversación. Hay que ver que pequeñita es la intimidad que se puede tener en un barco tan pequeño. - Nada Cris, que no salimos en moto.


- A ver... con todo lo que llueve.


- Pues eso a dormir.


- ¿Hay café?


- Si


- Pues yo me tomo uno y me voy a la ducha.


- Pues venga. Yo también. Pocas cosas son tan reponedoras como una ducha caliente en el frío de la mañana. Sobre todo cuando tienes que ir por encima de un pantalán calado de agua mientras cae agua y mas agua y hace un frío que pela. Decidí quedarme ahí. Bajo el chorro de agua caliente mas tiempo del normal. Estaba muy cómodo. Volví al Hamlet tras un rato. - Oye que ha llamado José Luis y que salen


- ¿Como que salen?


- Si, eso ha dicho, que van a ir a no se donde a comer.


- ¿Y no te has enterado?


- He quedado en que le llamabas tu ahora.


- Ah, vale. Dame el teléfono. Marque el numero de la ultima llamada. En efecto, según me confirmó José Luis Helix (hombre entusiasmado por la aventura, por el salir de casa sin rumbo, buscando solamente un destino) iban a salir. Iban a ir en coche. Pero que no se quedaba en casa ese martes, día del trabajador. - Bien, pues quedamos en Iglesuela a las dos y media


- Vale, allí estará Altaír


- ¿Vais a ir en moto?


- Pues claro, ¿como? ¿es que no vais vosotros?


- Pues no porque hace mucho frió, llueve y Marta no tiene pantalones calientes, porque sino... yo si que iría.


- Pues nosotros tampoco, pero creo a fe ciega que va a dejar de llover. Aquella mañana a bordo del Hamlet pasó muy rápido. Cristina y yo no estábamos convencidos en ir sobre Altaír. Llueve. Hace frío. Apenas tenemos equipo. ¿Para qué vamos a arriesgarnos?. Continué con mi libro sobre epopeyas náuticas. Sobre el valor. Sobre la aventura. Sobre el limite del hombre enfrentado a la fuerza natural del mar.

- ¿Sabes lo que te digo?, que nos vamos en Altaír

- Vale, contestó Cristina. Y así arrancamos a Altaír a la una y media. Llevaba varios días parada a la intemperie. Su rugido era mas vago que el habitual. El asiento estaba sucio y mojado. La carrocería había perdido su brillo sobre el agua que se amontonaba sobre ella. Pero en ese momento había dejado de llover. Recorrimos los 8 kms. que nos separaban de San Martín de Valdeiglesias despacito.

Con el mimo que se aplica a un motor frio y que se empeña en no calentarse. Una vez llegados a San Martín teníamos que coger la Ctra. 501 con destino a La Adrada. Allí debíamos coger un desvío que nos llevaría a La Iglesuela, punto de encuentro con nuestros amigos. Altaír sorteó sin dificultad las calles del pueblo. Parecía que la aguja del reloj de temperatura comenzaba a ascender.

Hacia un frío terrible. Cristina se enfundó en su abrigo, y se protegió la cara con una braga. Yo solo disponía de unos finos guantes de verano. Salimos a la 501. Tras una recta adelantamos un coche. Mire por el espejo retrovisor como se alejaba el recién adelantado vehículo. Mire también como estaba siendo rebasado de nuevo por otro coche. Un coche grande. Clásico. Iba con las luces encencidas.


- Mmmm -pensé- un speedy. Problemas para Altaïr.

Enseguida volví a comprobar la posición del automóvil. Es increíble, va muy rápido para su edad. No solo va con las luces encendidas, va dando ráfagas. Quiere que me quite.... ya estamos otra vez (este pensamiento esta relacionado con el viaje que llevó a Altaír hasta el Hamlet en esta ocasión).

- ¡Me están empezando a tocar las pelotas!. Cristina dijo algo. No teníamos intercomunicadores, porque últimamente (no se si de forma mas o menos consciente) los olvidamos siempre. Hice que Altaïr descendiera la velocidad.

El coche, vi por el espejo, iba seguido de otro. Lo entendí enseguida. El segundo automóvil si que me era familiar.

Era el coche de Luis Hexawing, pero, ¿quién era el que conducía el tremendo bicho que pegadito a Altar seguía haciendo ráfagas y saludando con la mano?. Si, amigos, era él. Su rostro endurecido por la continuada permanencia en aventuras de todo tipo tardó en hacerse visible para mi. Pero no cabía duda. Su dorada barba oscurecía el gesto del inigualable Jose Luis Helix que dirigía la marcha de su recién adquirido Mercedes 300D.

¿Y quien iba a su lado? Desde luego no parecía Marta. La figura sentada al lado de José Luis era más alta incluso que él mismo. Cristina me animaba a acelerar a Altaïr.

- Pero, ¿quien era esa extraña figura? ¿Con quien había venido Jose Luis?. Apareció una curva. El velocímetro de Altaïr indicaba 90 kms/h. Era una velocidad más que correcta para aquella curva. Comenzamos a inclinarnos. -¿Qué demonios pasa?. Cristina parecía que se iba, que se iba .... que iba por libre.  Altaïr se enderezó para volver a escorar a estribor. Volví a sentir el efecto de que Cristina se iba hacia fuera de la curva.

De repente caí, ¡ah!, el amortiguador de atrás.


Pues, sí, resulta que como las carreteras de la zona donde vive el Hamlet son tan malas, lo ablandé. Y la suspensión quedo muy muy elástica. Demasiado para la velocidad que llevábamos. ¿Quién va con José Luis?, seguía planteándome mientras trataba de sortear todas las curvas a un ritmo mas o menos decente con una Altaïr plástica, casi gomosa y nada rígida.

A la entrada de uno de los pueblos que atravesamos rumbo a nuestro destino lo vi. Sin duda su figura se empeoraba mucho en este tipo de vehículos, fuera de su hábitat natural. Pero allí estaba. Tratando de adaptar su morfología a la propia de un coche. Eduardo, el Burgmanero Feliz, hacia de copiloto al cada km. más feliz, Jose Luis Helix. T

ras, lo que para Altaïr fue un infierno de curvas, llegamos a nuestro destino, La Iglesuela. Es un pequeño pueblecito que pertenece a la provincia de Toledo. Dispone de una Iglesia en el alto de todo el pueblo. Y es allí donde está la plaza. Ascendimos por las callecitas. Y llegamos a nuestro punto de reunión.

Entre dos coches, reposaba sobre su caballete. Nosotros la vimos de popa. Estaba muy guapa. Con su color nacarado, su gran cofre trasero. La X9. Enseguida salió del bar su dueño. Vestido con un mono, de cuero hasta los pies, el Sr. Fresu salió a nuestro encuentro.

Habían llegado desde el pueblecito donde pasaban esos días. A unos 30 kms. de Iglesuela. Nos llevaban unas horas de ventaja por lo que conocían el sitio (donde comer, el menú...) Habían bebido alguna que otra cañita, probado algún que otro cacho de cochifrito...

Una vez todos reunidos, debido a nuestra falta de previsión (y es que con los chicos y chicas del MCM nunca se está seguro de lo que va a pasar), tuvimos que esperar un gran rato hasta que nos prepararon una mesa.

El local, Casa Longino, estaba atestado de gente. Iglesuela estaba en fiestas. Y sus gentes también. Todos comían y comían. La especialidad de la casa (no tardé en comprobarlo) era el cochifrito. Un plato que consiste en trocear, todo, todo, un cerdito, y freírlo. Cuanto más aceite, mas grasa, mejor. Y así pasaban platos y platos de semejante manjar. Cachitos de cerdo todos ellos fritos, fritos. Nosotros bebíamos cerveza y hablábamos, como no, del Megascooter Club Madrid, de la Silverwing, de la T-Max...

Y en esto, que entre tanta gente, entre tanto alboroto, entre tanto tienen que esperar una hora si quieren comer, apareció. Su sonrisa, como de costumbre, llenaba su cara. Parco en palabras se acercó al pequeño grupo compacto que hacíamos.

- ¿Que tal?.

Era Manu Burgman, quien no pudo evitarlo y se acercó desde Villalba a nuestra pequeña reunión. Bebimos mas cerveza. Y seguimos hablando. Que si la T-Max esto, que si la Silverwing esto otro, pues que a mi cada vez me llama mas la atención la X-9.... Y por fín llegó el momento.

Entramos en el salón comedor tímidamente. La mesa estaba al fondo. Como ya es habitual en el MCM, rodeamos la mesa y empezamos a sentarnos indiscriminadamente. Se acercó un "joven" que hacia las veces de camarero. Su rostro era una mezcla de Sabina y de Robe, cantante y artífice de la Banda Musical Extremoduro.

Debería de tener unos treinta y muchos años. Su complexión era muy muy delgada. Casi podía sentirse su esternón a través de la grasienta camisa. Su rostro estaba completamente dominado por una falaz dentadura. Los vaqueros elásticos descubrían unas piernas que no habían recibido un trato muy dulce a lo largo de los años. Nos recomendó, como no, unas raciones de cochifrito. Dicho y hecho. Rápidamente unas bandejas llenas de cachitos de cerdo frito poblaron nuestra mesa.

Entre tanta conversación era difícil meter mano a la fuente para escoger un buen "cacho". Sin embargo, sin parar de hablar un momento, Luis Hexawing se las apañaba estupendamente. José Luis Helix le seguía muy muy de cerca. El Fresu por el contrario al igual que yo adoptó una postura mucho más selectiva.

Tratábamos de ver mas o menos lo que comíamos. Yo lo reconozco, era con mucho el más radical de los tres. Trataba de evitar los cachitos que me recordaran que al fin y al cabo lo que nos comíamos había sido pocas horas antes un animal que andaba, corría, comía, hacia sus cositas en definitiva. Trataba de quitar los cachitos que llevaran aparejados un diente, pelos, uñas, deditos de las patitas.....

Por fín terminamos. La grasa corría veloz por mis venas. La cerveza también. Alguien comento algo de Casillas. Este pueblo se encuentra en la provincia de Ávila. No hay que olvidar que nos hallábamos en zona fronteriza. Salir de Toledo nos costaría a lo sumo 10 minutos. Allí, la familia de Marta Helix nos esperaba con un café.

Pues nada. El MCM emprendió camino hacia tierras más altas. Y no es equívoco el termino ascender. Porque de un verdadero ascenso se trató a la hora de encumbrar el pueblo. Subíamos, y subíamos. Nada mas empezar el encumbramiento comenzó a llover. Era una lluvia fina, constante.

Altaïr iba negociando las curvas tras el Mercedes de Jose Luis Helix. Este trataba de ir mas deprisa. La X9 del Fresu nos seguía continuada por el coche de Luis Hexawing a quien escoltaba ni mas ni menos que Manu Burgman, quien habiendo renunciado al placer de ir en moto, gobernaba una clásica R-4.

Por fin coronamos. Lo más alto de Casillas. Lo más alto de la comarca. Aparcamos. Seguía lloviendo. Tuvimos aún que subir unas empinadas escaleras para acceder al porche que daba entrada a la casa de la familia de Marta y Jose Luis Helix. Todos salieron a saludarnos. Y cuando digo todos, lo digo porque eran muchos.

La grasa continuaba en mis venas. Nos prepararon un rico café que pudimos beber mientras contemplábamos la visión de la Alta Montaña.

Manu Burgman tuvo problemas. Resulta que a lo lejos se contemplaba un rebaño de corderitos. Manu insistió varias veces en darnos una vuelta por allí, a ver si le cabía uno en el bolsillo. Menos mal que la cordura de nuestro presidente Eduardo pudo convencerle de la conveniencia de esperar a otro día, puesto que hoy ya habíamos comido mucho. ç


Y fue así como fue cayendo la tarde. Y de repente, surgió la idea de irnos a cazar indios. Continuaba la lluvia.

En efecto, alguien comentó la posibilidad de acercarnos a "El Álamo". Allí estaban aconteciendo varios hechos que llamaban la atención del MCM. Por un lado se estaba celebrando un mercado medieval.

Además, el MCM había recibido la invitación formal de Pacorrete de atravesar semejante localidad para hacerle una visita de cortesía. Tremendo error debido al desconocimiento de cómo nos comportamos la gente del Club.

Pues de esa manera, la caravana del MCM emprendió el descenso. Las curvas se encadenaban unas con otras. Sabéis lo incomodo que es esto en un MegaScooter automático. Suelo resbaladizo. Freno motor inexistente debido a la escasa velocidad que llevábamos. Además hay que añadir la peculiaridad de Altaïr que como buena Burgman se resiste a ralentizar bien en frio. Y la lluvia continuaba. Llegamos a la carretera general. Pusimos rumbo a Navalcarnero.

La caravana había menguado al sufrir las perdidas de el Fresu y de Manu Burgman. Ambos se fueron hacia tierras más cálidas. Altaïr iniciaba la caravana seguida del Mercedes de Jose Luis y de la discoteca móvil que Luis Hexawing había metido en su Peugeot. La ruta era muy bonita. La carretera perfecta. Curvas amplias que no hacían mas que mostrar un paisaje precioso.

Empezó a llover. Como ya comenté antes, la tripulación de Altaïr partió con un equipo muy precario pensado para los cálidos días primaverales, el equipo no tardó en dar problemas tras unos kilómetros tras la espesa lluvia. Los guantes calaban. El frio paralizaba mi rostro. Los pies de Cristina estaban mas fríos de lo razonable. Y todavía quedaban 30 kms.

Altaïr seguía guiando la caravana, perdiendo a veces de vista a los perezosos coches, pero sin el más mínimo ánimo de continuar la ruta. Solamente esperábamos que dejara de llover. - ¿Por qué no habremos cogido el coche?.

Por fin apareció el letrero que anunciaba nuestra llegada a Navalcarnero. Tan solo unos kms.  nos separaban de nuestro destino final, El Álamo.

Jose Luis Helix comenzó a liderar la marcha. Solo él sabia el camino. Altaïr le seguía de cerca. Muy rápidamente unas curvas prolongadas por unas terribles rectas dieron paso a El Álamo. Allí todos quedamos muy confusos.

El pueblo estaba totalmente tomado. No había forma de circular. Todas las calles cortadas, desvíos provisionales.

Estuvimos vagando por las calles del pueblo un buen rato. Finalmente José Luis Helix encontró un lugar donde poder aparcar la flota. Altaïr practicó un aparcamiento de emergencia. Su tripulación salió disparada hacia el bar más cercano. Nuestras vejigas no aguantaban más.

Eduardo, Burgmanero Feliz, tuvo la suerte de poder aparcar en mejores condiciones. No tuve mas remedio que darle las llaves y salir a todo correr. Tras darle rienda suelta al cuerpo y un reponedor cafetito caliente, nos enteramos de que el mismísimo Pacorrete venia en nuestra busca.

Una vez realizados los preceptivos saludos y presentaciones, conocimos a Nuria (esposa) y Daniel (primogénito), nos dirigimos hacia su casa con el propósito de dejar toda nuestra flota mas o menos reunida (hubiera sido imposible en el caos del pueblo) y protegida (esto último solo atañía a Altaïr, quien pudo compartir gratos momentos con una vieja Cappra que habitaba el garaje de su casa).

Y así, desprendidos de nuestra flota fuimos caminando hacia el Mercado Medieval.

Para los que no halláis visto nunca un evento de esta categoría os comentaré que es un mercado al aire libre en el que todo, todo está debidamente ambientado para crear un efecto tal que el visitante, con un poquito de imaginación, puede creerse transportado unos cuantos siglos atrás.

Todos los puestos están decorados con una sutileza tal que podrían ser parte de los exteriores de cualquier película ambientada en la Edad Media. Los mercaderes podrían ser extras del más alto nivel. Todos van vestidos de época. Lastima que los precios no.

Y recorrimos el mercado de arriba abajo, de abajo arriba. Incluso sucumbimos a la tentación de tomarnos unas patatas mojo-picón, alguna que otra cervecita (gracias Luis) y finalmente una auténtica Torta Medieval (si es que alguna vez existieron en el medievo tortas medievales) que no es mas que un crepe relleno de bacon (panceta lo llamaban) y queso.

Con los estómagos mas o menos saciados (recordar los cachitos de cerdito) nos atrevimos todavía con unas cañas en un bar (eso sí, actual).

Allí Pacorrete tuvo la genial idea de "evangelizarnos" a algunos. Nos abrió los ojos con la posibilidad de alquilar una BMW 1150 RT. Y yo personalmente soñé con esta posibilidad que tengo muy muy en cuenta. Comenzamos el regreso.

Había dejado de llover. La temperatura descendió aun más. Nuestra flota nos esperaba aparcada en algún lugar de El Álamo. Pacorrete inició la marcha. Solo él sabía el entresijo de calles que nos separaba de nuestros transportes.

Según llegábamos nos explicó que la casa donde se refugiaba Altaír, era la de sus padres. Que él estaba ahora en casa de sus suegros que era donde más iban.

Se le escapó. De nuevo cometió la imprudencia. Surgió hablando de la Cappra que compartió el espacio con Altaïr.


- Pues en casa de mi suegro tengo dos WR 200. Si queréis vamos y las veis. Incluso si os apetece las arrancamos. No tardamos en decidirnos como os podéis imaginar.

Allí nos plantamos, en la casa del suegro de Pacorrete, con una sonrisa de oreja a oreja (nunca se podrá negar que somos simpáticos) y aceptamos todo, todo.


Saludamos a los que aún quedaban despiertos, su suegra (y mas tarde por el ruido) Daniel y Nuria. Y como no. Allí estaban. Las dos WR. Limpitas, compartiendo garaje con su ultima adquisición, una Burgman 400 con pantalla original de invierno (como les gusta llamarla a los japoneses).

La oscura calle estaba aun empapada debido a las lluvias. Las pocas luces de las calles desprendían humo debido a la diferencia térmica. El olor a leña quemada se juntaba con el aroma del frio. El silencio inundaba todo el barrio.

Un grupo de jóvenes salía de un garaje. Hablaban mas o menos excitados. Arrastraban una maquina con dos ruedas. Su nombre WR. Y tenia mucho que decir. Pacorrete salto sobre ella. Dio unas precisas patadas y rugió. En mi rostro se podía apreciar perfectamente la emoción. Pero también en el de Luis Hexawing y Jose Luis Helix.

Íbamos a cabalgar sobre esa bestia. Íbamos a tratar de dominar esa furia salvaje. Y no tardamos en hacerlo.

Primero fuí yo. Equipado con mis guantes de verano, un casco que Pacorrete se aventuró a dejarme. Salté sobre la bestia.

No creo que haya que hacer comentarios acerca de lo que una persona con mi estatura perfecta puede sentir al encumbrarse en tan alta montura. Los problemas son evidentes. Pero ni aun así. El rugido aceleraba mi corazón. El silencio de la medianoche daba paso a una fiera salvaje dominada por mi solito. Engrané primera. Empecé a acelerar... segunda. Aun esta fría me decía. Tercera. Trataba de orientarme en el laberinto de calles que formaban la urbanización. Cuarta... Ya está. No aguanto. Reduje a tercera.. segunda de nuevo... parecía que le costaba. Tiré un poquito del embrague... empezó a subir de vueltas vertiginosamente. Acelere mas, la rueda comenzó a

ascender... ¡uy, uy!, lleve mi cuerpo hacia delante. El tren delantero volvió al suelo. Tercera, Cuarta, a toda leche. Frené.

Hay que volver. Mmmm. ¿y como doy la vuelta con esto en estas calles tan estrechas?. Eché de menos a Altaír y su bajo centro de gravedad. Manteniendo un equilibrio propio de un artista conseguí guiar a la "bestia" y dar la vuelta. Empezamos a volver, a un ritmo endiablado. Y llegué.

Y lo lamente enormemente. No quería bajarme. Quería ir un poco por el campo, por algún camino, hacer más el bestia. Pero no fui capaz. Vi el rostro de Luis Hexawing. Y claro. Lo entendí. El también lo estaba deseando. Descendí. Luis, con menos problemas que yo por la estatura, se montó. Y dió una vuelta. Y luego salió Jose Luis Helix.

El barrio entero vibraba con el paso de la montura. Pero Pacorrete tenía una sorpresa para nuestro presidente Eduardo el Burgmanero Feliz. Sacó su última montura, su nueva Burgman y le dijo, venga date una vuelta. A "regañadientes", Eduardo aceptó, pronto le vimos girar la esquina, protegido por la alta pantalla, adoptando su singular postura. Helix volvió.

No tardé en subirme de nuevo. Esta vez con menos respeto. Primera, segunda, tercera, segunda, tercera, cuarta, curva, descubrí un caminito de tierra. Estaba embarrado, lleno de baches, charcos. La WR y yo no lo dudamos. Aceleré. Tercera, cuarta. Charco, charco, bache, saltito. Emoción al escuchar como subían las vueltas mientras las ruedas estaban en el aire. Fue una fracción de momento.

Pero retrocedí 15 años, cuando sentía eso casi todos los fines de semana con mi Cobra. De repente, vi la Burgman.

Era Luis. Paro, me miraba. Di la vuelta. Me acerqué hacia él, nos pusimos en paralelo. Teníamos una tremenda calle recta frente a nosotros. No hablamos. No hacia falta. Estaba escrito en nuestra sangre.

Aceleramos. Al principio parecía que la Suzuki se adelantaba, pero en seguida la bestia subió de vueltas, engrané la segunda y aceleré, la rueda trasera patinaba en el suelo, tercera, ya casi la había dejado atrás, cuarta, seguía patinando, quinta... la Burgman había desaparecido por popa...


Tras muchas emociones, todas juntas, entramos en la casa. Allí nos tenían preparado un reponedor café y unas pastitas que los golosos no dudaron en homenajearse. Seguimos charlando.


El cansancio del día empezó a asentarse en mi cuerpecito y esto me recordó algo que con las ultimas alegrías prácticamente había olvidado.


Sí, teníamos que llevar a Altaír hasta el Hamlet. Había dejado de llover. Se apuntaban en el cielo algunas estrellas. Pero el frio era terrible y penetrante. En la calle el mercurio de los termómetros no debería de subir mucho mas allá de los 3 o 4 grados. ¿Qué nos depararía el largo camino de regreso?



II PARTE : EL REGRESO

Tras un buen rato de cháchara, Pacorrete nos iba a guiar de nuevo hacia Altaïr. Cristina y yo montamos en su coche. Detrás Jose Luis Helix con su coche y más atrás aun Luis Hexawing con su discomobil. Pacorrete arrancó. Precisamente iba eligiendo las complicadas combinaciones de calles que nos llevarían hasta su casa. Bajamos. Abrió el garaje. Yo comencé a ponerme el casco. Cristina esperaba fuera.


- ¿Y esta gente?


- Coño -exclamo Pacorrete-Que los hemos perdido. Es que ni me he dado cuenta.


Yo seguía con el casco puesto. Tampoco me había dado cuenta. Pues nada, a por ellos. Saltamos al coche de nuevo. Era muy muy tarde. Deshicimos el camino andado. Se nos ocurrió el teléfono móvil. Llamamos. Pacorrete hablaba. Parecía que Jose Luis Helix reía. Decían que ya estaban a la salida del pueblo. Que ya se iban. Pacorrete me miraba buscando mi confirmación.

- Pues nada, dije, si ya nos vamos todos...

Pacorrete preguntó que exactamente donde estaban. - ¿Cómo?, así que estáis a la salida del pueblo ¿eh?.
Quedaos ahí que voy a buscaros.

Resulta que iban en dirección contraria. 5 minutos mas con ese rumbo y hubieran terminado en Toledo. El grupo volvió a reunirse y empezamos de nuevo el regreso hacia Altaír. Pacorrete abrió el garaje. Sacamos a Altaïr a la fría calle. Un coche se acercó. Bajó la ventanilla. Una chica, sacando la cabeza - ¿sabéis por donde se sale para Madrid?. Risas generalizadas. Carcajadas. Arrancamos.

Pacorrete guiaba a la caravana de 3 coches y una moto por las laberínticas calles de El Álamo. Por fín, se echó a la derecha. Paró. Salió del coche. Y fuimos desfilando uno por uno despidiéndonos y dándole las gracias por lo buen anfitrión que había sido.

Las luces de El Álamo desaparecieron tras nuestra marcha. El coche de Jose Luis Helix lideraba la marcha. El humo de su tubo de escape era iluminado por el faro de Altaïr que le perseguía. Luis Hexawing guiaba su discomobil tras nosotros.


-Si que hace frio, Altaïr no se calienta. Cristina no me contestó. Acabábamos de salir y ya estábamos helados. Bueno, a ver que nos depara la ruta exclamé. Pensaba en Eric Tabarly. En sus axiomas que defienden que un hombre que sale a navegar solo debe volver solo ...... o hundirse como un caballero. Pensaba en las epopeyas marinas. En los héroes. Altaïr llegaría a casa esta noche.

Adelantamos a Jose Luis Helix. Pitamos. Nos despedimos. Y Altaïr fue engullida por la negra carretera. El frio hacia que la pantalla de Altaïr se fuera cubriendo de escarcha. Tuve que alzar el cuerpo hacia arriba. Mi única protección frente al frio se había esfumado. Miré los espejos. Estaban empezando a congelarse. - ¿cómo estará el suelo? Cuidado. Cuidado Sergio. No ves el suelo.

A pesar de la pantalla del casco, mis ojos empezaron a llorar. Lloraban del frió. Traté de mover las manos. Las tenia heladas. Los guantes de verano no podían hacer nada contra el gélido viento que chocaba contra ellos. Llegamos a Navalcarnero. Teníamos dos posibilidades. Volver por la ruta que nos trajo hasta aquí por Villa del Prado o utilizar una ruta mas larga pero mucho mas conocida por nosotros.

Decidimos esto segundo. Nos dirigimos hacia Brunete. Sabia que en la carretera que unía esta localidad con Navalcarnero había varias gasolineras que habrían 24 horas.


- Pararemos en una de ellas. Llenaremos a Altaïr y nos tomamos algo caliente, ¿vale?. Cristina respondió con un corto sí.


-Va mal, pensé. Y allí estaban las luces de la gasolinera.

Paramos a Altaïr. La tienda estaba cerrada. Adiós a nuestro café. Prepago. Llenamos a Altaïr. Continuamos.

Una serie de rectas cortadas brevemente por alguna tímida curva nos llevó hasta Sevilla la Nueva. Atravesamos rápidamente el pueblecito. Brunete se apuntaba al fondo. Allí la 501 y a casita. Enlace con la 501. Las luces iluminaban el suelo.


- ¡Joder!, esta helado. El suelo está helado.  Mierda.

Altaïr saltó sobre esa pista escurridiza. Íbamos a 70 km/h. Helados de frió. La pantalla completamente helada. Los espejos inservibles. Mis manos no podían apenas estirarse para alcanzar las manetas de los frenos. Mejor no frenar. Por lo menos no hay coches.

Poco a poco íbamos comiéndonos los kms. Las curvas eran delicadísimas. No sabíamos dónde podía haber un charquito helado con nuestro nombre. Altaïr iba con la aguja de la temperatura al mínimo. Comenzamos el ascenso hacia Chapinería. Subíamos y subíamos. Me atreví a acelerar un poco.

El rugido de Altaír rompió el silencio de la noche. 80, 90. Mis manos no lo aguantaban.


 - ¿Cómo vas Cris?


 - Bien, bien.


No puede ir bien, pensé. Si yo no voy bien, no puede ir ella bien.


 - ¿Y los pies?


 - Helados.



Está temblando seguro, por eso habla tan poco, para que no se lo note. Rodeamos la glorieta que enmarca la 501 a su paso por Chapinería. Ya solo quedaban las Navas del Rey, el puerto, Pelayos, San Martín de Valdeiglesias...

La nube cayó sobre nosotros. La luz de Altaïr se reflejaba sobre ella creando un efecto precioso. No se veía nada. Todo lo rápido que pude llevé mi dedo pulgar hasta el interruptor y conecté la luz corta. Seguía sin verse nada. La niebla lo inundaba todo. No veía a mas de 3 metros. Traté de acercarme a la derecha. Encontré la pintura que separa el arcén de la carretera 2 metros por delante de mí. Disminuí la velocidad. No tenía espejos. La barra que los sujeta estaba completamente congelada.


- Joder... ¿no puede pasar nada mas.?


Perdí la noción de donde estaba. No tenia ni idea. Solo seguía esa línea lo más rápido que podía. Era nuestro billete de vuelta a casa. De repente una curva. Luego otra. Altaïr estaba siendo guiada a trompicones. Nada de trazado de curvas. Nada de inclinamientos, de sacar el culo. Simple y llanamente, mete la moto en la curva y ponla derecha para enfrentar la siguiente.

Supuse que ya estábamos en la zona de curvas que los asiduos a la 501 llamamos "el puerto", principalmente porque rodea, el antes obligado, Puerto de Navas del Rey.

La niebla desapareció. Casi habíamos recorrido todo el puerto. Tan solo quedaban algunas curvitas. Habíamos estado perdidos totalmente en la inmensidad de esa dichosa niebla. Sin ver nada. Solo aquella línea que nos sacó de allí.

Las luces de Pelayos de la Presa aparecieron rápidamente. Altaïr cada vez más segura seguía con todas las superficies heladas. 80, 90. No aguantábamos mas velocidad. Por fín San Martín de Valdeiglesias. Allí tomamos la carretera de la Virgen de la Nueva que nos llevaría hasta el Club, el hogar del Hamlet.

Altaïr seguía con la temperatura al mínimo. Paramos. No podíamos bajarnos. Cristina estaba helada. No podía subir del asiento para bajar. Lo hicimos muy despacito. Yo no podía subirla en el caballete.

Estábamos congelados. Pero no éramos los únicos. Llegamos al Hamlet. Su cubierta estaba muy resbaladiza debido al hielo. Entramos en la cabina. El termómetro indicaba que la sala estaba a 2 grados. Pusimos la calefacción. Congelados como estábamos fuimos contando grado a grado  la subida de temperatura. Tras una hora conseguimos estar a 15 grados, momento en el cual empezamos a quitarnos ropa. Cristina tenia las piernas rojas, rojas, rojas. 16, 17. Caímos rendidos en las literas.  


Y soñamos. Soñamos con mas aventura.


Ws Altair